La fe cristiana no se limita a creer en la inmortalidad del alma, sino que también afirma la resurrección de nuestro cuerpo al final de los tiempos. Por ello, la costubre de enterrar a los difuntos ha formado siempre parte de la expresión de fe cristiana. San Pablo lo dice así: "Se siembra un cuerpo carnal, y resucitará un cuerpo espiritual". Desde los inicios del cristianismo, los seguidores de Cristo mantuvieron la costubre del entierro de los cadáveres, como signo de su fe y esperanza en la resurrección. En el presente, en la medida en que se extiende entre nosotros la secularización y una especie de nuevo paganismo, entra en crisis la costumbre del santo entierro cristiano. Me refiero a esparcir las cenizas.
La Iglesia católica no se opone a la incineración de los cadáveres; pero observa con preocupación cómo se extiende la costumbre de esparcir las cenizas de los difuntos en los montes, ríos, mares...¿Por qué habríamos de dar un destino distinto a las cenizas del que damos al cadáver? Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal, que se ha de aplicar indistintamente al enterramiento tradicional o al del cuerpo incinerado. Los cristianos enterramos a los difuntos en lugar santo: en el cementerio, palabra cristiana (cementerium), que literalmente significa dormitorio.